Dedicatoria





Dedico estas memorias
a mis hijos y a mis nietos

para que, cuando las lean,
recuerden a sus padres y abuelos.

Las escribo con todo el cariño
que por ellos siento.

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miércoles, 24 de noviembre de 2010

El chambilero, Pepito y otros juegos

http://fotosantiguasdeibi.blogspot.com/

Aprovechando nuestra celebración primaveral, del Corpus con helado, hago un inciso para hablar un poco de tan preciado regalo para nuestro paladar, tan prohibitivo en aquellos tiempos de poder disfrutarlo con frecuencia.

Cuando llegue el momento, hablaré del Salón Moderno y del Cine Salón España, comentando vivencias posteriores pero, ya que he mencionado el mantecado, voy a referirme a un hecho que hizo que, la mencionada exquisitez, sobretodo para nosotros los niños, fuera más accesible a nuestros escasos recursos económicos.

Los establecimientos a los que acudíamos habitualmente en celebraciones extraordinarias, como la referida Heladería Carbonell, fabricaban artesanalmente sus artículos. Pero, fue en una de las calles laterales, que enmarcaban el Salón Moderno, donde una firma de Ibi llamada Helados Fuster, abrió una sucursal en la que, a la vista del público, fabricaba sus helados de diferentes sabores, por supuesto, muchos menos que en la actualidad. Daba gusto contemplar, cómo fabricaban tan ricos helados.

Para su distribución, disponían de unos carritos, con “garapiñeras”, con distintos contenidos. Toda una novedad, que ponía la mercancía al alcance de los usuarios.

Posteriormente, oí comentar a mi padre, una innovación que yo mismo pude contemplar más tarde. Consistía en una “garapiñera” forrada de metal que, un hombre “El chambilero” llevaba al hombro y con la que complacía las peticiones que, del rico contenido hacíamos, niños y mayores, sirviendo el helado entre dos obleas, para lo que usaba un molde que las hacía de diferentes tamaños, según el precio.

Una nueva época se abría a nuestra anticuada y caduca manera de vivir. Era una verdadera innovación. ¡Por algo se empieza!.

Durante el curso, casi todos los días, para ir al colegio solía pasar por el domicilio de Pepito Ferrándiz, mi condiscípulo, que vivía en la calle Torrijos (Hoy, César Elguezabal) en el tramo más próximo a la Plaza Nueva, en una finca propiedad de su familia. Ellos vivían en el segundo piso. Allí lo recogía y, juntos, hacíamos el camino hasta la escuela.

Si no recuerdo mal tenía dos hermanas, Magdalena, funcionaria municipal y Pepita, maestra nacional, y un hermano, también estudiante.

De mis visitas, un nombre que allí veía me llamaba especialmente mi atención, “Gata de Gorgos”, que en mi imaginación infantil me figuraba como algo mágico y mitológico, hasta que supe que se trataba del nombre de una población de la Marina Alta.

Ese nombre figuraba en unos recibos impresos por medio de una imprentilla casera que yo veía en casa de los Ferrándiz y que correspondían al Impuesto de Contribución Urbana y Rústica, que estaba preparada para el cobro.

Por lo visto, su padre era funcionario de Hacienda, y se llevaba este trabajo a casa, para ir cumplimentando los datos de los recibos ayudado por toda la familia, con lo que conseguía un pequeño sueldo extra. Después supe que no solo preparaban los recibos de Gata de Gorgos, sino también de otras localidades.

Del padre de mi amigo Ferrándiz guardo un cariñoso recuerdo, ya que era un hombre muy amable y a mí me trataba como a un miembro más de la familia.

Cuando era época de “trancazo” (hoy gripe), y llegaba por la mañana a su casa en busca de mi amigo, siempre me servía un vaso de leche, muy caliente, con unas gotas de “tintura de iodo” que me veía obligado a tomar, ya que según decía, había leído que el iodo ayudaba a no caer enfermos.

Magdalena, la hermana de Pepito, tenía un novio, también funcionario municipal, y músico de la Banda Municipal, en la que tocaba el fagot (depués de algunos años llegaría a ser Interventor del Ayuntamiento), y no sé si por su influencia, o no, en esa casa se hablaba mucho de música, y a veces hasta iban tatareando por las habitaciones alguna que otra pieza.

Por ese motivo, allí tuve la ocasión y la oportunidad de entrar en contacto con el hermoso arte de la música clásica, fuera de la popular de la que ya tenía algún conocimiento.

En aquel momento de mi vida, la Plaza Nueva era el centro de reunión de los niños y de los menos niños y, en ella, practicábamos toda clase de juegos: El Salto desde Fuera, la Trompa (Peonza), los Hoyos, la Escampilla (ésta también en las calles del barrio) y otros muchos. La mayoría ya desaparecidos en la actualidad ya que ahora los niños apenas juegan o, al menos no lo hacen en la calle como nosotros lo hacíamos, debido al intenso transito que las actuales soportan. También el cambio de las costumbres ha influido en eso ya que, hoy en día, las nuevas tecnologías les ofrecen la oportunidad de disfrutar de más y mejores juegos con mayor tranquilidad y con mayores contenidos.

También teníamos otros juegos con las niñas. Jugábamos a “La Gallinita Ciega”, a “Madres e Hijos”, a la “Anguileta Amagà”, a Médicos y Enfermos. Las chicas, por su parte, tenían sus juegos propios, como “El Tranco”, o “El Diabolo”. Y, mientras ellas jugaban, nosotros jugábamos a “Empinar el Catxirulo”. El Catxirulo es el nombre que los alicantinos damos a la cometa. Mi padre nos los fabricaba, algunos de tamaño bastante regular.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Primera enseñanza

Alumnos del Colegio Nacional "Joaquín Costa", con su profesor
D. José García Correcher (Carlos, sentado, primero por la derecha, junto a Don José)

De mis primeros años de vida, como ya he dicho, no son muchos los recuerdos que tengo, salvo los ya descritos.

Sin embargo, la época escolar con sus primeras vivencias es una etapa que me marcó y dejó en mí, las mayores huellas.

Entonces, como ahora, la enseñanza se iniciaba a los 6 años. En el Alicante de aquellos tiempos, había enseñanza pública y también privada. Esta última, ejercida, principalmente por instituciones religiosas, entre los que destacaban los centros de:

- Los Maristas, con edificio cercano al lugar que hoy ocupa el Banco de España (ya, en su momento, escribiré sobre su situación).

- Los Jesuitas, que tenían su colegio frente al convento de las Hermanas de la Sangre.

- Los salesianos, con un gran edificio detrás del actual Palacio de la Diputación. En su momento, también me referiré a este enclave, detallando como era.

O regentados por particulares, como la “Escuela Modelo” de los hermanos Albricias, y que estaba situado en la calle Calderón de la Barca. Este colegio era de formación protestante y de sus aulas salieron muchos alicantinos de gran renombre. Llamaba la atención que, al igual que se hacía en el país de origen de sus propietarios, los alumnos de esta escuela desfilaran todos los sábados, por las calles principales de Alicante, formados y a los sones de pífanos y tambores.

Otro de los colegios con renombre era el de “La Educación”, en la calle Castaños. Cuyo propietario era Don José Garrigós, aunque a mí nunca me llamó la atención.

En cualquier caso, en casa no se podía pensar en estos colegios ya que estaban lejos de mi vivienda, así que mis padres me inscribieron en el Colegio Nacional “Joaquín Costa”, situado en los pisos altos de un edificio de la calle de Villegas.

Frente al colegio, estaba la Diputación Provincial, en el solar actualmente ocupado por el convento de las clarisas, anteriormente ubicado donde hoy está el Banco de España.

Su edificio y el anejo lateral de los Maristas fue saqueado y, en parte, incendiado, en los primeros meses de la llegada de la República (lo mismo ocurrió con el colegio Salesianos).

Los balcones de nuestro colegio recaían, unos sobre la calle Bailén, otros a la citada calle Villegas y los otros a la callejuela, paralela a Castaños, llamada de Quevedo.

Desde estos últimos, todos los días nos llegaba el agradable aroma a café recién tostado, procedente de una afamada tienda de comestibles situada en la calle Bailén con salida a la de Quevedo, que realizaba el tueste diario del café, con el aparato que allí tenían.

Mi primer día de clase lo tengo siempre presente y, como ya sabréis al haberlo contado en repetidas ocasiones, me ocurrió que yo veía como, mis compañeros, cuando tenían ganas de orinar, pedían permiso al maestro levantando un dedo de la mano derecha. Así que, cuando tuve ganas, yo también hice lo mismo. El maestro, al verme, me dio permiso, pero como desconocía donde estaban los aseos, baje la escalera hasta la calle, y al llegar a la acera oriné en la calzada y volví al aula.

El director de mi colegio era Don Eliseo Villanueva, maestro de mucho prestigio y gran humanidad, no solo en su interior, sino también en su exterior, ya que era un hombre muy corpulento.

Mi primer maestro fue Don José García Correcher, natural de Cofrentes (Valencia). Disponía de una extraordinaria capacidad pedagógica y con él aprendí a ser persona, en el máximo significado de tal palabra. Él nos enseñó el hábito del trabajo, y las buenas costumbres.

Era un hombre soltero y poseedor de una gran elegancia. Socio del Casino. Fumador de cigarrillos y de puros, para lo que utilizaba una boquilla de ámbar, que siempre mantenía pulcramente limpia.

En relación con sus ideas políticas, nunca se manifestó, aunque, por su comportamiento, era claramente partidario de la libertad.

Lo mismo ocurriría, con otro gran maestro que tuve después, Don José Albert, del que si sabía su forma de pensar, ya que era un demócrata declarado y así se manifestó en todo momento.

Estos maestros tuvieron gran influencia en mi normal desenvolvimiento. Ellos consiguieron que, en los momentos que mi vida se vio envuelta en trágicos acontecimientos, en aquellos en que la Historia de España tuvo que sufrir alteraciones impuestas por los enemigos de la Democracia. La formación que de ellos recibí, me permitiera amoldarme a las circunstancias y hacer frente a la difícil vida que, en muchos momentos sufrió, no solo mi persona sino también mi familia y la gran mayoría de los españoles.

Los alumnos, en la clase, teníamos asignado un sitio cuyo orden quedaba establecido de acuerdo a los conocimientos demostrados a lo largo de la semana. Para ello, después de la explicación, por parte de Don José del tema de día, se hacía un repaso de los conocimientos de temas anteriores. Normalmente, para alcanzar los primeros puesto, casi siempre éramos los mismos alumnos Ferrándiz, Moya, Planes y, entre ellos, yo. Había una sana rivalidad para figurar entre los primeros de la clase y, lo principal era, el estudio y el trabajo, cosa que hacíamos sin enfrentamientos, aceptando los resultados como se dice actualmente, con deportividad.

Verdaderamente fueron años de intenso trabajo aunque, eso sí, sin tener que abandonar los diarios juegos infantiles que, compartíamos con los demás niños de la barriada, la mayor parte estudiantes en otros colegios.

Recuerdo que, uno de los alicientes que se nos presentó, en clases más avanzadas, durante la vida escolar, lo representó la convocatoria del Premio de la Fundación Maisonnave, consistente en un diploma y una cartilla , de la Caja Postal de Ahorros, con una primera imposición de ¡¡¡250 pesetas!!!, nada más y nada menos. Hay que tener en cuenta lo que dicha cantidad económica representaba allá por los años veinte.

En la primera convocatoria de este premio, quedé en segundo lugar, cosa que acepté con algunas lágrimas de decepción.

Afortunadamente, en la convocatoria del año siguiente, lo conseguiría. Aún recuerdo que, al llegar a mi casa, con el premio obtenido, mi padre me abrazó emocionado. Cómo me acuerdo de lo que fueron aquellos momentos.

Durante los primeros años en este colegio, y en este emplazamiento, recuerdo especialmente un emotivo acto, al que tuvimos que asistir junto a otros niños de todos los colegios de Alicante a la Plaza del Ayuntamiento para conmemorar el nacimiento de Miguel de Cervantes. Con ocasión de esta efeméride, se descubrió , una placa en mármol en la fachada del edificio consistorial, y en el instante de ser descubierta, todos los niños debimos corear una canción que comenzaba diciendo: “A Miguel de Cervantes, cantemos, al autor del Quijote inmortal ... ... ...”