Dedicatoria





Dedico estas memorias
a mis hijos y a mis nietos

para que, cuando las lean,
recuerden a sus padres y abuelos.

Las escribo con todo el cariño
que por ellos siento.

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jueves, 25 de noviembre de 2010

Fiestas, niños y caña de azucar


Como era tradicional en las fiestas navideñas, tanto los ricos, como los más pobres, preparaban a sus pequeños, para estrenar nuevas prendas de vestir en esos días.

Recuerdo que el primer día de Navidad, a primera hora, mi madre y mi padre, procedían a engalanarnos a los tres vástagos de la familia: mi hermano Antonio, mi hermana Antoñita y yo mismo (posteriormente aumentaría la familia con nuevos hermanos pero, poco cambiarían las costumbres). Y, aunque pobres, siempre hemos estrenado nuevas galas.

Después, limpios y arreglados, tomábamos nuestro desayuno típico en esas fechas, a base de chocolate a la taza, con toña y mantecados caseros para, al terminar, ir a visitar a las amistades de mi madre, personas de buena posición que la querían y la recordaban, y de los que recibíamos nuestros esperados aguinaldos, casi siempre en monedas de plata.

A este respecto tengo una anécdota, que ya he referido en múltiples ocasiones y que voy a referir de nuevo. En aquel entonces, durante las fiestas, en la Plaza Nueva se instalaba un puesto en el que se vendía caña dulce (caña de azúcar). La vendían en pequeñas porciones, que nosotros llamábamos “canuts”, aunque algunas personas mayores compraban la caña entera.

En la parada había unas palas de madera de boj, con una de sus partes bien afilada, que había sido pulida con un trozo de cristal. Con estas palas, las cañas y los “canuts”, los niños desarrollábamos un juego que consistía en lanzar el “canut”, o la caña, al aire e intentar hacerle una raya longitudinalmente con la pala. El que lo conseguía, se la llevaba como premio.

Claro que eso no era nada fácil y casi nunca se conseguía a la primera, por lo que era necesario intentarlo en más de una ocasión. Excuso deciros cual era el aspecto de la caña cuando se conseguía como premio, tras sufrir múltiples caídas sobre el polvoriento suelo de la plaza. Aun así la alegría por haberlo conseguido superaba la mala imagen que presentaba el trofeo.

Pues, como os decía, un día de Navidad, cuando regresábamos de recoger el aguinaldo, me quedé en la plaza participando de uno de esos juegos, y ganándome una buena porción de caña dulce. Con las mismas, procedí a trocearlo y comencé a masticarlo para extraerle todo su jugo, sin caer en la cuenta de quitarme antes los bonitos guantes de algodón que había estrenado. Podéis imaginaros cómo quedaron y ¡¡Cómo quedé yo, cuando llegué a mi casa, con esas pintas!!

En aquellos tiempos, las fiestas, eran muy celebradas y todas duraban, al menos tres días. La Navidad duraba tres días, lo mismo que duraban los Carnavales, o la Pascua y las hogueras de San Juan también.

De las Hogueras, por cierto, los niños de mi edad prácticamente fuimos los iniciadores. Con anterioridad a su organización tal y como hoy las conocemos, la chiquillería nos dedicábamos a  recorrer las calles de la barriada en busca de toda clase de enseres inservibles, para ir recogiéndolos y,en vísperas de la noche de San Juan, arrastrarlos por las calles, atados con una cuerda, hasta el lugar señalado donde la noche del 23 de junio, les prendíamos fuego jugando y bailando alrededor de la fogata, mientras tirábamos pequeños cohetes, que nos facilitaban las personas mayores.

Al finalizar, y durante toda la noche al menos en casa, mi padre tenía la costumbre de lanzar pequeños productos pirotécnicos, previamente adquiridos en la “Tenda del Gat”, de la calle de la Princesa, que años más tarde sufriría una grave explosión ocasionando muchos muertos y la destrucción del emblemático edificio del Consulado del Mar, entre otras casa, frente al Ayuntamiento.

Mi padre, desde siempre ha tenido un espíritu “fester”, que nos transmitió a sus hijos y que también han heredado muchos de sus descendientes. Como consecuencia de su carácter, ha formado parte de las comisiones de fiestas que se creaban en la calle de Riego y adyacente, durante el verano para celebrar, también durante tres días, diversos festejos con cucañas y otros juegos acompañados de la música de la dulzaina y el tamboril, así como por el disparo de cohetes que los animaban. Para eso, el autor de mis días, adornaba la fachada de mi casa y, recuerdo que, en casa siempre había un gran paquete con cohetería para realizar las clásicas “despertàs”.

Me acuerdo que en uno de esos días, en el que tenía que actuar la Banda Municipal, amaneció con una lluvia torrencial imponente, que dejó la calle hecha un barrizal intransitable. Ante tal circunstancia, apenados, los miembros de la comisión, entre los que figuraba mi padre Carlos “El Pintor”, acudieron al Ayuntamiento para exponerles la situación. Afortunadamente, sus peticiones fueron atendidas y con gran rapidez y eficacia, las brigadas municipales procedieron a cubrir el barro con carros de tierra seca, apisonándolas después y dejando en perfectas condiciones la calle para poder continuar con los festejos previstos. ¡Todo un éxito!

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Comercios y personajes del barrio

En la calle de Riego y en la cercana Plaza Nueva, había comercios y personajes con los que conviví durante los años que allí residí.
Como ya he comentado,  junto a mi casa estaba la Bodega del Tío Paco, un poco más alejada, en la misma acera, vivía la familia Chipón, cuyo padre era empleado del Banco Hispano Americano. Más allá, cerca de la “Muntanyeta” que cerraba la calle, vivían unos amigos míos cuyo hermano, según decían, era mecánico dentista, profesión que, para mí y en esa época, me resultaba totalmente desconocida y absolutamente misteriosa.
En la misma acera vivía el señor Alfredo con su familia. El señor Alfredo durante todo el año, en su tiempo libre, se dedicaba a la fabricación de las navideñas zambombas que luego vendía en el mercado de Navidad. Para fabricarlas utilizaba botes de distintos tamaños que recogía por ahí y las pieles de conejo que compraba a sus vecinos.
El mercadillo de la cascaruja, en aquellos tiempos, tenía lugar en la calle de Castaños, desde la plaza de Chapí hasta Alfonso El Sabio. En este tramo de calle se instalaban los tenderetes para la venta de cascaruja, dulces y toda clase de artículos navideños (panderetas, zambombas, matracas, caretas, etc.)
En la cercana calle de Jerusalén, los bajos de la casa donde vivían unos amigos de mi edad, estaban ocupados por una cuadra, con caballos y carruajes de época.
Frente a mi casa, en la esquina que desde hace unos pocos meses se levanta una edificación moderna, estaba la “Tenda de l’oli”, cuyo propietario era “Blai, el de l’oli”. Sus hijos, Isabel y Blas, eran poco más o menos de mi edad. Por cierto, que Isabelita, como la llamábamos, vive en la actualidad, en la Av. Maisonnave cerca de nuestra casa. Es viuda de uno de los hermanos de “La Casa del Tejedor”.
No quiero dejar de citar las peluquerías, que como la del “Peluquín” se ubicada en la Plaça Nova. Frente a la peluquería de Pepito, en la calle Navas, estaba el horno de Mazón y frente a la que había en la calle de Riego se levantaba un establecimiento de cuerdas, persianas y alfombras, propiedad de la familia Burillo. A su lado, en la misma calle “La sageña” elaboraba unas “coques de molletes” que tenían gran renombre. Uno de sus hijos, Juanito Hernández “El pipi” era de mi edad y fuimos juntos al colegio. Con el paso del tiempo, se convirtió en agente comercial de alimentación. Durante años, coincidimos en muchas ocasiones, pero de un tiempo a esta parte he dejado de verlo.