Dedicatoria





Dedico estas memorias
a mis hijos y a mis nietos

para que, cuando las lean,
recuerden a sus padres y abuelos.

Las escribo con todo el cariño
que por ellos siento.

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lunes, 15 de noviembre de 2010

Primera enseñanza

Alumnos del Colegio Nacional "Joaquín Costa", con su profesor
D. José García Correcher (Carlos, sentado, primero por la derecha, junto a Don José)

De mis primeros años de vida, como ya he dicho, no son muchos los recuerdos que tengo, salvo los ya descritos.

Sin embargo, la época escolar con sus primeras vivencias es una etapa que me marcó y dejó en mí, las mayores huellas.

Entonces, como ahora, la enseñanza se iniciaba a los 6 años. En el Alicante de aquellos tiempos, había enseñanza pública y también privada. Esta última, ejercida, principalmente por instituciones religiosas, entre los que destacaban los centros de:

- Los Maristas, con edificio cercano al lugar que hoy ocupa el Banco de España (ya, en su momento, escribiré sobre su situación).

- Los Jesuitas, que tenían su colegio frente al convento de las Hermanas de la Sangre.

- Los salesianos, con un gran edificio detrás del actual Palacio de la Diputación. En su momento, también me referiré a este enclave, detallando como era.

O regentados por particulares, como la “Escuela Modelo” de los hermanos Albricias, y que estaba situado en la calle Calderón de la Barca. Este colegio era de formación protestante y de sus aulas salieron muchos alicantinos de gran renombre. Llamaba la atención que, al igual que se hacía en el país de origen de sus propietarios, los alumnos de esta escuela desfilaran todos los sábados, por las calles principales de Alicante, formados y a los sones de pífanos y tambores.

Otro de los colegios con renombre era el de “La Educación”, en la calle Castaños. Cuyo propietario era Don José Garrigós, aunque a mí nunca me llamó la atención.

En cualquier caso, en casa no se podía pensar en estos colegios ya que estaban lejos de mi vivienda, así que mis padres me inscribieron en el Colegio Nacional “Joaquín Costa”, situado en los pisos altos de un edificio de la calle de Villegas.

Frente al colegio, estaba la Diputación Provincial, en el solar actualmente ocupado por el convento de las clarisas, anteriormente ubicado donde hoy está el Banco de España.

Su edificio y el anejo lateral de los Maristas fue saqueado y, en parte, incendiado, en los primeros meses de la llegada de la República (lo mismo ocurrió con el colegio Salesianos).

Los balcones de nuestro colegio recaían, unos sobre la calle Bailén, otros a la citada calle Villegas y los otros a la callejuela, paralela a Castaños, llamada de Quevedo.

Desde estos últimos, todos los días nos llegaba el agradable aroma a café recién tostado, procedente de una afamada tienda de comestibles situada en la calle Bailén con salida a la de Quevedo, que realizaba el tueste diario del café, con el aparato que allí tenían.

Mi primer día de clase lo tengo siempre presente y, como ya sabréis al haberlo contado en repetidas ocasiones, me ocurrió que yo veía como, mis compañeros, cuando tenían ganas de orinar, pedían permiso al maestro levantando un dedo de la mano derecha. Así que, cuando tuve ganas, yo también hice lo mismo. El maestro, al verme, me dio permiso, pero como desconocía donde estaban los aseos, baje la escalera hasta la calle, y al llegar a la acera oriné en la calzada y volví al aula.

El director de mi colegio era Don Eliseo Villanueva, maestro de mucho prestigio y gran humanidad, no solo en su interior, sino también en su exterior, ya que era un hombre muy corpulento.

Mi primer maestro fue Don José García Correcher, natural de Cofrentes (Valencia). Disponía de una extraordinaria capacidad pedagógica y con él aprendí a ser persona, en el máximo significado de tal palabra. Él nos enseñó el hábito del trabajo, y las buenas costumbres.

Era un hombre soltero y poseedor de una gran elegancia. Socio del Casino. Fumador de cigarrillos y de puros, para lo que utilizaba una boquilla de ámbar, que siempre mantenía pulcramente limpia.

En relación con sus ideas políticas, nunca se manifestó, aunque, por su comportamiento, era claramente partidario de la libertad.

Lo mismo ocurriría, con otro gran maestro que tuve después, Don José Albert, del que si sabía su forma de pensar, ya que era un demócrata declarado y así se manifestó en todo momento.

Estos maestros tuvieron gran influencia en mi normal desenvolvimiento. Ellos consiguieron que, en los momentos que mi vida se vio envuelta en trágicos acontecimientos, en aquellos en que la Historia de España tuvo que sufrir alteraciones impuestas por los enemigos de la Democracia. La formación que de ellos recibí, me permitiera amoldarme a las circunstancias y hacer frente a la difícil vida que, en muchos momentos sufrió, no solo mi persona sino también mi familia y la gran mayoría de los españoles.

Los alumnos, en la clase, teníamos asignado un sitio cuyo orden quedaba establecido de acuerdo a los conocimientos demostrados a lo largo de la semana. Para ello, después de la explicación, por parte de Don José del tema de día, se hacía un repaso de los conocimientos de temas anteriores. Normalmente, para alcanzar los primeros puesto, casi siempre éramos los mismos alumnos Ferrándiz, Moya, Planes y, entre ellos, yo. Había una sana rivalidad para figurar entre los primeros de la clase y, lo principal era, el estudio y el trabajo, cosa que hacíamos sin enfrentamientos, aceptando los resultados como se dice actualmente, con deportividad.

Verdaderamente fueron años de intenso trabajo aunque, eso sí, sin tener que abandonar los diarios juegos infantiles que, compartíamos con los demás niños de la barriada, la mayor parte estudiantes en otros colegios.

Recuerdo que, uno de los alicientes que se nos presentó, en clases más avanzadas, durante la vida escolar, lo representó la convocatoria del Premio de la Fundación Maisonnave, consistente en un diploma y una cartilla , de la Caja Postal de Ahorros, con una primera imposición de ¡¡¡250 pesetas!!!, nada más y nada menos. Hay que tener en cuenta lo que dicha cantidad económica representaba allá por los años veinte.

En la primera convocatoria de este premio, quedé en segundo lugar, cosa que acepté con algunas lágrimas de decepción.

Afortunadamente, en la convocatoria del año siguiente, lo conseguiría. Aún recuerdo que, al llegar a mi casa, con el premio obtenido, mi padre me abrazó emocionado. Cómo me acuerdo de lo que fueron aquellos momentos.

Durante los primeros años en este colegio, y en este emplazamiento, recuerdo especialmente un emotivo acto, al que tuvimos que asistir junto a otros niños de todos los colegios de Alicante a la Plaza del Ayuntamiento para conmemorar el nacimiento de Miguel de Cervantes. Con ocasión de esta efeméride, se descubrió , una placa en mármol en la fachada del edificio consistorial, y en el instante de ser descubierta, todos los niños debimos corear una canción que comenzaba diciendo: “A Miguel de Cervantes, cantemos, al autor del Quijote inmortal ... ... ...”

jueves, 4 de noviembre de 2010

La Muntanyeta y su entorno

Antes de concluir estas líneas preliminares, me gustaría reseñar lo que era “La Muntanyeta” y sus alrededores. Como su nombre indica, se trataba de un gran montículo, con algunas derivaciones, que ocupaba gran parte de lo que hoy está construido entre Alfonso el sabio, Paseo de Soto, la plaza que lleva su mismo nombre y el final de lo que era la calle de Riego, impidiendo su conexión con Soto.
Las estribaciones de esta calle terminaban, en su parte derecha, con una empinada escalera que daba acceso a las casas que allí se habían construido y no tenían otra salida.
Al otro lado, se alzaban más escaleras, pero estas a parte de conducir hasta las casas, también tenían salida hacia la izquierda a través de la desaparecida calle del Molí y sus callejas cercanas. Este entramado estaba repleto de rincones y vericuetos misteriosos que, he de confesar, mis miedos infantiles me impidieron curiosear.
Volviendo a la calle de Riego, entre las ya comentadas Bodega y la casa de los Chipón, se encontraba el “Carreronet”, estrecho pasadizo que finalizaba en una empinada escalera. En este entorno tenían lugar muchas de nuestras reuniones y gran parte de nuestros juegos se desarrollaban allí. En la casa situada al final de esa escalera, vivía mi amigo y compañero de colegio Planes, a cuya madre, lavandera de profesión, siempre veíamos cargada con grandes capazos de ropa limpia, que llevaba a casa de sus clientes.
Desde la calleja podíamos ascender hasta una especie de montículo donde, asomándonos a un muro cercano contemplábamos los juegos en el patio del colegio que las Hermanas Carmelitas tenían en la calle Navas.
Bajando llegábamos a las últimas casas de la calle Pascual Pérez, que acababa en un descampado coronado por una prolongación de la “Muntanyeta", que llegaba hasta casi Alfonso El Sabio.
En este descampado existía lo que llamábamos “El castellet”, restos de muros de lo que supongo serían antiguas murallas. En él jugábamos y, desde lo alto, se veía un almacén, más bien un corralón con pequeñas construcciones al fondo en las que los carreteros traían, desde San Vicente, capazos de yeso para abastecer las obras de la ciudad. En las casetas dejaban los que les quedaban y con ellos cumplían posteriores encargos. Con los años, en este solar se construiría el Gran Hotel, y tras su demolición se convertiría en el actual aparcamiento de la Calle Navas, esquina con Pascual Pérez.
Desde allí también veíamos una gran nave ocupada por lo que fuera una fundición. Por cierto que, cuando el comerciante Gonzalo Coloma edificó en la calle Ángel Lozano la casa que albergaría en los bajos su establecimiento de droguería, utilizaba esta nave como almacén, por lo que siempre estaba llena de pinturas y otros productos propios del negocio.
En esta calle pocos eran los edificios existentes, ya que frente a la Droguería Coloma, solo se podía contemplar una esbelta torre, que conocíamos como “El Torreón de Carda”, donde vivían personas a las que nunca pude ver, pero que sin embargo sabíamos que tenían pavos reales pues, durante los atardeceres, podíamos escuchar sus nostálgicos cantos.
En la esquina de Alfonso El Sabio, y hasta la siguiente con Álvarez Sereix, se levantaba un grupo de viviendas con pisos, todas iguales, que disponían en el primer tramo de las escaleras, de una especie de vidriera donde se ubicaba la garita de la portería. Nosotros, los chiquillos de la zona, cuando nos atrevíamos, osadamente, a extender nuestros juegos hacia  ese alejado (¿?) lugar, siempre nos tropezábamos con la violenta oposición de una mujer que ejercía como portera de una de esas fincas. Un día, hartos de soportar sus agresiones e insultos, acordamos vengarnos. Para ello, provistos de piedras, nos dispusimos en grupos frente a cada una de las casas y, a la voz de mando, arrojamos las piedras, destrozando sus cristaleras. Como es lógico inmediatamente huimos y luego dejamos de visitar la zona durante mucho tiempo.
Actualmente no queda ninguna de esas viviendas, la última desapareció hace poco. Estaba ocupada por la conocida Peluquería Ortín y era la única prueba de lo que en aquellos tiempos fue ese magnifico grupo en tan emblemática calle.