Dedicatoria





Dedico estas memorias
a mis hijos y a mis nietos

para que, cuando las lean,
recuerden a sus padres y abuelos.

Las escribo con todo el cariño
que por ellos siento.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

Una montaña rusa en la Plaza de la Independencia


La zona en la que yo vivía, o sea, los alrededores de la calle de Riego y de la Muntanyeta, era entonces muy céntrica aunque, no tanto como lo es en la actualidad.

La cercana avenida de Alfonso El Sabio, ya estaba completamente urbanizada hasta la que se llamó Plaza de la Independencia, después de Catalunya y, en la actualidad de los Luceros. Esta plaza también estaba trazada en su totalidad aunque faltaban, en algunas zonas, edificios por construir. Principalmente en el cuadrante, entre lo que hoy es General Marvá y la actual avenida de la Estación.

Toda esta zona estaba ocupada por un gran montículo de tierra arcillosa que, en la parte más próxima a los Salesianos, ya construidos, tenía un horno de cal (una calera), que era alimentado desde la parte superior del montículo, las estribaciones del cual llegaban hasta las cercanías de “La Kábila”.

La calle del General Marvá, era un lugar absolutamente despoblado, y cerca de lo que hoy sería su final, estaba “L’Hort de les Burretes” en el que se expendía leche de burra y al que nosotros solíamos acudir a recoger “naps dolços” (remolacha azucarera).

El edificio de los Salesianos se situaba en la parte opuesta a la iglesia (hoy parroquia de María Auxiliadora). Había una gran nave ocupada por el teatro, donde también se proyectaban películas de cine. Asi mismo, el colegio contaba con un gran patio en el que se practicaban diversos deportes, entre ellos el fútbol.

Los domingos, la mayoría de los niños solíamos acercarnos a los Salesianos para jugar o ir al cine, claro está que, para poder hacerlo teníamos que ser socios del Circulo Domingo Savio, lo que nos compensaba al poder disfrutar de un lugar donde ir a pasarlo bien los domingos o días de fiesta.

Como, a la ida y a la vuelta, teníamos que pasar por el montículo arcilloso al que antes me he referido, cuando llovía, se nos adhería tal cantidad de barro en las suelas de los zapatos, que parecía que hubiésemos crecido un palmo.

Recuerdo que un año se instaló, en la Plaza de la Independencia, una enorme Montaña Rusa de madera. Creo que ha sido la única vez en que los alicantinos hemos podido disfrutar de una atracción de estas características en plena ciudad.

El aparato tenía que producirse la propia energía eléctrica que precisaba para su funcionamiento, mediante unos potentes alternadores que provocaban un ruido tan fuerte que llegaba hasta donde nosotros vivíamos.

Lamentablemente, yo no pude subir a esa montaña rusa porque era demasiado pequeño. Pero, durante todo el tiempo que permaneció en Alicante, los niños nos divertimos mucho tan solo viéndola funcionar.

A pesar de la calma que habitualmente disfrutábamos en el barrio, de vez en cuando se producía algún alboroto que perturbaba la tranquilidad general. Según oí un día comentar a mis padres, parece ser que, en una casa de la calle Jerusalén, que llamaban “de la Francesa”, más de una vez, se alteraba gravemente el orden. En la casa de mujeres de vida alegre allí instalada, y a consecuencia de las discusiones provocadas por cuestiones de celos o intereses económicos, se solían producir disputas en las que frecuentemente salian a relucir las armas blancas con graves resultados, la mayoría de las veces.

Los niños, cuando oíamos hablar de estas cuestiones, nos asustábamos ya que, lo que se hacía en estas casas, era para nosotros todo un enigma.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Fiestas, niños y caña de azucar


Como era tradicional en las fiestas navideñas, tanto los ricos, como los más pobres, preparaban a sus pequeños, para estrenar nuevas prendas de vestir en esos días.

Recuerdo que el primer día de Navidad, a primera hora, mi madre y mi padre, procedían a engalanarnos a los tres vástagos de la familia: mi hermano Antonio, mi hermana Antoñita y yo mismo (posteriormente aumentaría la familia con nuevos hermanos pero, poco cambiarían las costumbres). Y, aunque pobres, siempre hemos estrenado nuevas galas.

Después, limpios y arreglados, tomábamos nuestro desayuno típico en esas fechas, a base de chocolate a la taza, con toña y mantecados caseros para, al terminar, ir a visitar a las amistades de mi madre, personas de buena posición que la querían y la recordaban, y de los que recibíamos nuestros esperados aguinaldos, casi siempre en monedas de plata.

A este respecto tengo una anécdota, que ya he referido en múltiples ocasiones y que voy a referir de nuevo. En aquel entonces, durante las fiestas, en la Plaza Nueva se instalaba un puesto en el que se vendía caña dulce (caña de azúcar). La vendían en pequeñas porciones, que nosotros llamábamos “canuts”, aunque algunas personas mayores compraban la caña entera.

En la parada había unas palas de madera de boj, con una de sus partes bien afilada, que había sido pulida con un trozo de cristal. Con estas palas, las cañas y los “canuts”, los niños desarrollábamos un juego que consistía en lanzar el “canut”, o la caña, al aire e intentar hacerle una raya longitudinalmente con la pala. El que lo conseguía, se la llevaba como premio.

Claro que eso no era nada fácil y casi nunca se conseguía a la primera, por lo que era necesario intentarlo en más de una ocasión. Excuso deciros cual era el aspecto de la caña cuando se conseguía como premio, tras sufrir múltiples caídas sobre el polvoriento suelo de la plaza. Aun así la alegría por haberlo conseguido superaba la mala imagen que presentaba el trofeo.

Pues, como os decía, un día de Navidad, cuando regresábamos de recoger el aguinaldo, me quedé en la plaza participando de uno de esos juegos, y ganándome una buena porción de caña dulce. Con las mismas, procedí a trocearlo y comencé a masticarlo para extraerle todo su jugo, sin caer en la cuenta de quitarme antes los bonitos guantes de algodón que había estrenado. Podéis imaginaros cómo quedaron y ¡¡Cómo quedé yo, cuando llegué a mi casa, con esas pintas!!

En aquellos tiempos, las fiestas, eran muy celebradas y todas duraban, al menos tres días. La Navidad duraba tres días, lo mismo que duraban los Carnavales, o la Pascua y las hogueras de San Juan también.

De las Hogueras, por cierto, los niños de mi edad prácticamente fuimos los iniciadores. Con anterioridad a su organización tal y como hoy las conocemos, la chiquillería nos dedicábamos a  recorrer las calles de la barriada en busca de toda clase de enseres inservibles, para ir recogiéndolos y,en vísperas de la noche de San Juan, arrastrarlos por las calles, atados con una cuerda, hasta el lugar señalado donde la noche del 23 de junio, les prendíamos fuego jugando y bailando alrededor de la fogata, mientras tirábamos pequeños cohetes, que nos facilitaban las personas mayores.

Al finalizar, y durante toda la noche al menos en casa, mi padre tenía la costumbre de lanzar pequeños productos pirotécnicos, previamente adquiridos en la “Tenda del Gat”, de la calle de la Princesa, que años más tarde sufriría una grave explosión ocasionando muchos muertos y la destrucción del emblemático edificio del Consulado del Mar, entre otras casa, frente al Ayuntamiento.

Mi padre, desde siempre ha tenido un espíritu “fester”, que nos transmitió a sus hijos y que también han heredado muchos de sus descendientes. Como consecuencia de su carácter, ha formado parte de las comisiones de fiestas que se creaban en la calle de Riego y adyacente, durante el verano para celebrar, también durante tres días, diversos festejos con cucañas y otros juegos acompañados de la música de la dulzaina y el tamboril, así como por el disparo de cohetes que los animaban. Para eso, el autor de mis días, adornaba la fachada de mi casa y, recuerdo que, en casa siempre había un gran paquete con cohetería para realizar las clásicas “despertàs”.

Me acuerdo que en uno de esos días, en el que tenía que actuar la Banda Municipal, amaneció con una lluvia torrencial imponente, que dejó la calle hecha un barrizal intransitable. Ante tal circunstancia, apenados, los miembros de la comisión, entre los que figuraba mi padre Carlos “El Pintor”, acudieron al Ayuntamiento para exponerles la situación. Afortunadamente, sus peticiones fueron atendidas y con gran rapidez y eficacia, las brigadas municipales procedieron a cubrir el barro con carros de tierra seca, apisonándolas después y dejando en perfectas condiciones la calle para poder continuar con los festejos previstos. ¡Todo un éxito!

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Alumbrado público y Gas ciudad




El trazado de la calle de Riego (dedicada al General que perdió su vida por la causa de la Libertad y que dio nombre al Himno oficial de la República) salvo, en su tramo final, el de la Muntanyeta, sigue prácticamente igual. Evidentemente su aspecto no es el mismo por los cambios de algunos edificios viejos por otros nuevos, siendo pocas las casas antiguas que permanecen en pie. Otra de las diferencias más claras es el cambio sufrido por la calzada ya que, la antigua, era de tierra y la nueva está asfaltada. Como es natural, el paso del tiempo ha hecho que la imagen general de la calle cambiase, igual que el resto de Alicante.

Uno de los cambios más significativos en estos aspectos es el sufrido por el alumbrado y por el servicio de agua puesto que, en mi niñez, pocas, o ninguna, eran las casas que tenían luz eléctrica o agua corriente.

El alumbrado público es uno de aquellos recuerdos que tengo fijados en mi memoria, tanto su producción como su distribución en Alicante, ya que conocí el que tenía como origen el gas ciudad.

Éste era producido por una sociedad privada, que tenía su domicilio y el de sus calderas, en los alrededores de la Estación de Murcia. En éste lugar, durante muchos años pudimos contemplar su gran gasómetro, depósito de gas que se extraía de carbón mineral (hulla). Desde este gasómetro se distribuía, por medio de tuberías, el gas a toda la ciudad.

Los restos de la hulla, convertida en carbón de coque, se vendían para su uso, como combustible en las casas que tenían cocina económica.

En algunas esquinas de las calles céntricas, había farolas de gas. Estas farolas, cuyos laterales eran de cristal, tenían en el fondo una llave que abría y cerraba el paso del gas, y a la que se podía acceder a través de un agujero circular. En el centro de la tulipa estaba la espita por la que salía el gas, rodeada por una redecilla de seda.

Todos los días, al anochecer, llegaba “El Farolero”, provisto de un largo tubo rematado por un elemento que llevaba encendida una leve llama. En la mitad, una pera de goma llegaba hasta lo alto del tubo. Al llegar al pie de cada farola, Introducía el tubo por el agujero de la base y, mediante un pequeño gancho situado en la parte alta de la pértiga, abría la llave y daba entrada al gas. A continuación, apretaba la pera de goma y éste llegaba hasta la llamita. El gas llenaba, a través de la redecilla, el interior de la tulipa y la llamita provocaba la combustión momentánea de todo el gas, que luego quedaba reducida al que seguía saliendo de la redecilla.

De acuerdo con Davis, el inventor de este sistema, solo se encendía el gas por la parte extrema de la redecilla y no se quemaba el que había en la tubería que suministraba el combustible (Este método de Davis era el mismo que se utilizaba en las minas de carbón, y con el que se evitaba el incendio de las bolsas de grisú que tantos siniestros habían provocado en ese sector)

El gas ciudad, al arder producía una luz brillante, muy bonita, que permanecía encendida hasta el amanecer, cuando nuevamente el farolero, introducía la pértiga y cerraba la llave de entrada, con lo que se apagaba la farola.

Después de algunos años las farolas dejaron de funcionar por gas, dando paso a la electricidad urbana.

Como dije antes, el gas ciudad se usaba también para uso domiciliario ya que la empresa que lo fabricaba también lo suministraba por toda la ciudad, y a través de tubos soterrados, llevaba el gas a los domicilios en los que se instalaba un contador de entrada y continuaba, hasta la cocina mediante tuberías de plomo.

Siempre me resultó muy curioso el funcionamiento de este suministro, ya que para que entrase el gas y llegara hasta la cocina, antes había que introducir en el contador algunas monedas, cosa que había que hacer cada vez que se tenía necesidad de combustible. Mensualmente, pasaba el revisor a comprobar el consumo del gas y verificar, al mismo tiempo, el dinero del contador. Como casi siempre se había pagado más dinero que el importe de lo consumido, el operario solía devolver la diferencia al usuario en ese momento.

Este tipo de instalaciones estuvieron en servicio en Alicante hasta la llegada de la Guerra Civil ya que, como consecuencia de los bombardeos sufridos en la ciudad, todas las instalaciones, gasómetros y conducciones, quedaron inservibles. D.E.P.

En la casa de mi tío Rafael, que luego fue nuestro domicilio al casarme, existía ese tipo de instalación de gas.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Algo sobre mi Familia


Carlos, 13-2-1918
Como ya he dicho, nací en el núm. 34 de la calle de Riego, el 28 de agosto de 1915. No tengo constancia de la hora en que vine al mundo. Fui bautizado, si no estoy equivocado, en San Nicolás, siendo mis padrinos mi “Mamá Carmen” y su hermano, el tío Paco. En ese domicilio vivía junto a mis padres, mi hermano Antonio y la hermana de mi madre, Carmen, mi madrina. Mis padres fueron Carlos Gomis Bañuls y Antonia Adelina Juan Carrillo.

El oficio de mi padre era el de pintor decorador. Casi siempre trabajó por cuenta propia ayudado en ocasiones por otros operarios que contrataba. Muchísimas veces, su ayudante era mi tío Manolo, su hermano. El tío Manolo vivía en la calle Trafalgar, mejor dicho, en una de sus travesías, la calle del Olvido, en un pequeño piso junto a su mujer y con mis primas, que entonces eran dos, Agueda y Lola, ya que Tere y Concha aún no habían nacido.

De su mujer, la tía Matilde, persona algo inocente y que no levantaba ni polvo ni remolino, no guardo casi ningún recuerdo. Sin embargo, a mis primas y mi tío si los tengo muy presentes, ya que formaron parte de mi vida de entonces y también de la posterior, como tendré ocasión de referir más adelante.

Mi madre, Adelina además de ocuparse de los trabajos domésticos se dedicaba, junto a mi tía, al tejido de punto, fundamentalmente de medias y calcetines. Para ello usaban una gran máquina de tejer, a mano, que siempre he visto funcionar en mi casa y que la mayoría de las veces era utilizada por mi segunda madre, mi queridísima tía Carmen. Bueno, más bien, mi madre Carmen. En realidad, casi la única madre que he conocido y de la que ya contaré sus circunstancias.

Los recuerdos que tengo de estos primeros años son muy vagos, y están envueltos en una neblina que me impide evocarlos claramente. Pero uno de los que tengo más nítidos precisamente está relacionado con ésta actividad. En muchas ocasiones mi madre me enviaba a la cercana calle de Teatinos, paralela a la calle Gerona, donde en el tramo más próximo a Bailen, había una tienda que vendía hilos para tejer. Aun recuerdo lo que me encargaba: “Ves a la tenda dels fils i me’n portes tres madeixetes de fill negre, de tres caps”.

Otra de las cosas que veo como si fuera ahora, es una vez que salíamos del cercano Teatro Principal y mi padre me llevaba en brazos. Era invierno y yo iba muy bien arropado. Recuerdo perfectamente el camino hasta mi casa, visto a través del ropaje que me abrigaba, como si pasara ante mí la escena de una película.

El Teatro Principal siempre ha estado unido a nuestra vida familiar ya que, mi padre era asiduo a los espectáculos de variedades que solían visitar el coliseo alicantino, y que luego comentaba en casa a mi madre.

Era frecuente que, cuando había función, y mi padre asistía, permaneciéramos atentos a los ruidos que nos llegaban de los vehículos apostados frente al teatro, ya que el bullicio provocado por su puesta en marcha nos anunciaba la próxima llegada de nuestro padre y, con él, la cena que ya estaría preparada en la mesa.

Entre otras escenas que aparecen en mi memoria, muchas veces desdibujadas, recordándome hechos de mi niñez, está la de una noche de gran revuelo en casa, con movimientos ajetreados de mujeres vecinas, entrando y saliendo de la habitación de mis padres, carreras, cuchicheos, la visita de un médico, platos con alcohol encendido por el suelo, para calentar la habitación. Y, de pronto, sin saber cómo ni cuando, todo terminó.

Pasado algún tiempo, notaría la ausencia de mi madre. Había muerto aquella noche, en la que toda la agitación se debía al nacimiento de mi hermana Antonia Adelina, para todos Antoñita. Su alumbramiento provocó la muerte de mi madre, hecho que era muy habitual en aquellos tiempos.

Los primeros años de Antoñita transcurrieron fuera de casa, ya que fue preciso buscarle un “ama de leche”, que encontraron en Torremanzanas, en una finca cercana al pueblo. Me parece ahora, cuando mis padres (mi papá se casó con mi tía Carmen tras enviudar) nos llevaron una vez a verla. Desde los brazos de mi padre, aún me parece contemplar las piedras y las matas del camino que nos conducía a la vivienda en la que estaba mi hermana.

Para llegar al pueblo, desde Alicante, tomábamos “La Torreana” en la Posada La Balseta, situada en las proximidades de la Plaza Las Barcas, hoy de Gabriel Miró.

Como podréis comprender, desde la muerte de su hermana, mamá Carmen tomó el mando del hogar, el que dirigió de manera formidable, dándonos todo su amor en cuerpo y alma. No regateándonos nunca en toda su vida el mínimo gesto de cariño.

Quiero que, estas líneas, sean un canto de gratitud hacia ella, que se desvivió por nosotros anteponiendo nuestras necesidades a las suyas. Con su constante sacrificio, nos brindó una vida placentera, cuyas dificultades salvaba con su amor y con su entrega.

Ella hizo que nosotros, siendo hijos de un trabajador, viviéramos como ella lo había hecho en su infancia, rodeada de cariño y comprensión y procurando que nunca echáramos en falta nada de lo que en otros hogares tenían, por su mejor posición. Gracias a ella, vivimos nuestra niñez sin preocupaciones, satisfechos y contentos, como auténticos “niños ricos”.

Si, desde el “más allá” nos contempla, quiero hacerle llegar toda mi gratitud y pedirle perdón por las veces que pude darle algún disgusto. ¡¡Gracias, mamá!!, te recuerdo con amor.

Más adelante, cuando llegue la ocasión, hablaré de cómo vivíamos, lo que teníamos y de lo que carecíamos.

jueves, 4 de noviembre de 2010

La Muntanyeta y su entorno

Antes de concluir estas líneas preliminares, me gustaría reseñar lo que era “La Muntanyeta” y sus alrededores. Como su nombre indica, se trataba de un gran montículo, con algunas derivaciones, que ocupaba gran parte de lo que hoy está construido entre Alfonso el sabio, Paseo de Soto, la plaza que lleva su mismo nombre y el final de lo que era la calle de Riego, impidiendo su conexión con Soto.
Las estribaciones de esta calle terminaban, en su parte derecha, con una empinada escalera que daba acceso a las casas que allí se habían construido y no tenían otra salida.
Al otro lado, se alzaban más escaleras, pero estas a parte de conducir hasta las casas, también tenían salida hacia la izquierda a través de la desaparecida calle del Molí y sus callejas cercanas. Este entramado estaba repleto de rincones y vericuetos misteriosos que, he de confesar, mis miedos infantiles me impidieron curiosear.
Volviendo a la calle de Riego, entre las ya comentadas Bodega y la casa de los Chipón, se encontraba el “Carreronet”, estrecho pasadizo que finalizaba en una empinada escalera. En este entorno tenían lugar muchas de nuestras reuniones y gran parte de nuestros juegos se desarrollaban allí. En la casa situada al final de esa escalera, vivía mi amigo y compañero de colegio Planes, a cuya madre, lavandera de profesión, siempre veíamos cargada con grandes capazos de ropa limpia, que llevaba a casa de sus clientes.
Desde la calleja podíamos ascender hasta una especie de montículo donde, asomándonos a un muro cercano contemplábamos los juegos en el patio del colegio que las Hermanas Carmelitas tenían en la calle Navas.
Bajando llegábamos a las últimas casas de la calle Pascual Pérez, que acababa en un descampado coronado por una prolongación de la “Muntanyeta", que llegaba hasta casi Alfonso El Sabio.
En este descampado existía lo que llamábamos “El castellet”, restos de muros de lo que supongo serían antiguas murallas. En él jugábamos y, desde lo alto, se veía un almacén, más bien un corralón con pequeñas construcciones al fondo en las que los carreteros traían, desde San Vicente, capazos de yeso para abastecer las obras de la ciudad. En las casetas dejaban los que les quedaban y con ellos cumplían posteriores encargos. Con los años, en este solar se construiría el Gran Hotel, y tras su demolición se convertiría en el actual aparcamiento de la Calle Navas, esquina con Pascual Pérez.
Desde allí también veíamos una gran nave ocupada por lo que fuera una fundición. Por cierto que, cuando el comerciante Gonzalo Coloma edificó en la calle Ángel Lozano la casa que albergaría en los bajos su establecimiento de droguería, utilizaba esta nave como almacén, por lo que siempre estaba llena de pinturas y otros productos propios del negocio.
En esta calle pocos eran los edificios existentes, ya que frente a la Droguería Coloma, solo se podía contemplar una esbelta torre, que conocíamos como “El Torreón de Carda”, donde vivían personas a las que nunca pude ver, pero que sin embargo sabíamos que tenían pavos reales pues, durante los atardeceres, podíamos escuchar sus nostálgicos cantos.
En la esquina de Alfonso El Sabio, y hasta la siguiente con Álvarez Sereix, se levantaba un grupo de viviendas con pisos, todas iguales, que disponían en el primer tramo de las escaleras, de una especie de vidriera donde se ubicaba la garita de la portería. Nosotros, los chiquillos de la zona, cuando nos atrevíamos, osadamente, a extender nuestros juegos hacia  ese alejado (¿?) lugar, siempre nos tropezábamos con la violenta oposición de una mujer que ejercía como portera de una de esas fincas. Un día, hartos de soportar sus agresiones e insultos, acordamos vengarnos. Para ello, provistos de piedras, nos dispusimos en grupos frente a cada una de las casas y, a la voz de mando, arrojamos las piedras, destrozando sus cristaleras. Como es lógico inmediatamente huimos y luego dejamos de visitar la zona durante mucho tiempo.
Actualmente no queda ninguna de esas viviendas, la última desapareció hace poco. Estaba ocupada por la conocida Peluquería Ortín y era la única prueba de lo que en aquellos tiempos fue ese magnifico grupo en tan emblemática calle.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Comercios y personajes del barrio

En la calle de Riego y en la cercana Plaza Nueva, había comercios y personajes con los que conviví durante los años que allí residí.
Como ya he comentado,  junto a mi casa estaba la Bodega del Tío Paco, un poco más alejada, en la misma acera, vivía la familia Chipón, cuyo padre era empleado del Banco Hispano Americano. Más allá, cerca de la “Muntanyeta” que cerraba la calle, vivían unos amigos míos cuyo hermano, según decían, era mecánico dentista, profesión que, para mí y en esa época, me resultaba totalmente desconocida y absolutamente misteriosa.
En la misma acera vivía el señor Alfredo con su familia. El señor Alfredo durante todo el año, en su tiempo libre, se dedicaba a la fabricación de las navideñas zambombas que luego vendía en el mercado de Navidad. Para fabricarlas utilizaba botes de distintos tamaños que recogía por ahí y las pieles de conejo que compraba a sus vecinos.
El mercadillo de la cascaruja, en aquellos tiempos, tenía lugar en la calle de Castaños, desde la plaza de Chapí hasta Alfonso El Sabio. En este tramo de calle se instalaban los tenderetes para la venta de cascaruja, dulces y toda clase de artículos navideños (panderetas, zambombas, matracas, caretas, etc.)
En la cercana calle de Jerusalén, los bajos de la casa donde vivían unos amigos de mi edad, estaban ocupados por una cuadra, con caballos y carruajes de época.
Frente a mi casa, en la esquina que desde hace unos pocos meses se levanta una edificación moderna, estaba la “Tenda de l’oli”, cuyo propietario era “Blai, el de l’oli”. Sus hijos, Isabel y Blas, eran poco más o menos de mi edad. Por cierto, que Isabelita, como la llamábamos, vive en la actualidad, en la Av. Maisonnave cerca de nuestra casa. Es viuda de uno de los hermanos de “La Casa del Tejedor”.
No quiero dejar de citar las peluquerías, que como la del “Peluquín” se ubicada en la Plaça Nova. Frente a la peluquería de Pepito, en la calle Navas, estaba el horno de Mazón y frente a la que había en la calle de Riego se levantaba un establecimiento de cuerdas, persianas y alfombras, propiedad de la familia Burillo. A su lado, en la misma calle “La sageña” elaboraba unas “coques de molletes” que tenían gran renombre. Uno de sus hijos, Juanito Hernández “El pipi” era de mi edad y fuimos juntos al colegio. Con el paso del tiempo, se convirtió en agente comercial de alimentación. Durante años, coincidimos en muchas ocasiones, pero de un tiempo a esta parte he dejado de verlo.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Un Hogar en la Calle de Riego



En primer lugar, voy a intentar describir el hogar en el que, por el amor de mis queridos padres, vine al mundo, en la ciudad de Alicante, un mes de agosto de 1915.

Nací en el número 34 de la calle de Riego, hoy tras largo discurrir del tiempo, llamada calle del Teatro, después de haberse llamado antes del General Goded.

Era una casa de planta baja y dos pisos. En la planta baja vivían, hasta mi llegada, mis padres y mi hermano Antonio. Se trataba de una vivienda humilde en la que viví durante doce años, con la tranquilidad que da el ser atendido con cariño y con las máximas atenciones de tus seres queridos.

En el interior, subiendo cinco escalones, se accedía a la vivienda, que constaba de un amplio comedor-cocina que se asomaba a la calle por un gran ventanal enrejado, que era, para nosotros, un gran entretenimiento, ya que pasábamos mucho tiempo en su rellano, contemplando el exterior, mientras jugábamos.

A la izquierda del ventanal había un espacio, con su barandal de obra, que servía de resguardo para no caer por la escalera. En este rincón disponíamos de una mesa que utilizábamos para estudiar y hacer los trabajos escolares. También había un armario en un hueco de la escalera que, desde el portal contiguo al nuestro, servía para subir a los pisos superiores. En este hueco almacenábamos nuestros escasos juguetes y el, no menos escaso, material escolar.
 A la derecha del comedor estaba la cocina, en cuyo lado había una “gerra” embutida en obra que mi madre llenaba con el agua que traía desde la cercana Plaza Nueva (Hernán Cortés) y que utilizaba para las atenciones familiares.

Al lado de la cocina estaba la despensa y, a continuación, un pasillo con tragaluz que llevaba a una gran habitación excavada dentro de la “Muntanyeta”. Esta habitación era la de mi hermano, y después también la mía. Por ser una verdadera cueva, era cálida en invierno y fresca en verano. Desde el comedor-cocina se pasaba a la habitación de mis padres.

A pesar de su modestia, esta casa fue un hogar que toda la vida he recordado cariñosamente, por haber vivido en él grandes momentos de felicidad, y en los que mis primeros años de vida fueron gozosos y nunca tuve envidia de otros hogares amigos, con mayor poder económico.

Al lado de mi casa, el señor Paco tenía una bodega, con cuadra anexa ya que, con sus carros, iba en busca de los vinos que, posteriormente vendía en su establecimiento. Tenía un hijo y una hija, grandes amigos míos, con los que mantuve relación durante muchos años.

En los pisos superiores de mi casa vivían, en el primero, la familia Aracil, a los que he seguido la pista, continuando con la amistad. Aunque, desde hace relativamente poco tiempo, carezco de noticias suyas.

 En el segundo vivía la familia Pericás y un primo suyo apellidado Sanz, con los que mantuve contacto, al menos con uno de ellos, ya que era camarero del Casino. Desgraciadamente, no sé nada de ellos desde hace años.

 Al otro lado, en el bajo, vivían mis “tetas”Concha y María, con su padre. Ellas eran coristas en el cercano Teatro Principal, donde siempre encontraban trabajo cuando lo necesitaban. Su padre trabajaba en un almacén de almendras. Cuando llegaba por la tarde, acabada su jornada laboral, solía esperarlo en la puerta ya que, en el doble de su pantalón, traía escondidas algunas almendras, que me daba.

Entre otras familias cercanas estaba la del maestro pintor Víctor. Apellidado Viñes, cuyo hijo, llamado igualmente Víctor, fue oficial de prisiones y muy conocido en Alicante por su programa radiofónico “Al pie del Benacantil”, famoso en su momento. Después, cuando se iniciaron las competiciones hípicas en el Tossal de San Fernando, dirigiría las apuestas, siendo posteriormente el primer Director Provincial de las Apuestas Mutuas Deportivas Benéficas, la clásica Quiniela, en Alicante. A su muerte, la viuda continuó con el negocio. Por cierto, que una de sus hijas, Mari Carmen, fue gran amiga mía ya que fui su profesor en una época que, cuando llegue el momento, desarrollaré.

Otra familia era la de Evaristo Pérez, cuyo padre tenía un taller de reparación de motores marinos, en la carretera de Elche, cerca de la Estación de Murcia. Evaristo, su hijo, protagonizó uno de esos hechos que me habréis oído contar muchas veces.

Como muchos domingos, acompañaba a mi madre cuando iba a jugar con sus amigas, a la lotería o a las “siete y media” entre otras cosas, y estando en ello llamaron a la puerta de la calle. Al abrir, subieron hasta el primer piso unos hombres cargados con el susodicho Evaristo que, según dijeron, se lo habían encontrado tendido en la acera del Cine Salón Moderno y, al haberlo reconocido uno de ellos, lo llevaban a su domicilio. El incidente produjo una fuerte conmoción entre el vecindario, por lo que se había armado un gran revuelo. Así que lo entraron a la habitación de sus padres, lo acostaron y comenzaron a desnudarlo. Cuando le quitaron los zapatos, para sorpresa de todos, el interfecto se levantó de pronto diciendo: “Gràcies a Déu!! Quin descans!”. Por lo visto, le apretaban tanto los zapatos que no podía dar ni un paso … Sin comentarios.