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| Carlos, 13-2-1918 |
El oficio de mi padre era el de pintor decorador. Casi siempre trabajó por cuenta propia ayudado en ocasiones por otros operarios que contrataba. Muchísimas veces, su ayudante era mi tío Manolo, su hermano. El tío Manolo vivía en la calle Trafalgar, mejor dicho, en una de sus travesías, la calle del Olvido, en un pequeño piso junto a su mujer y con mis primas, que entonces eran dos, Agueda y Lola, ya que Tere y Concha aún no habían nacido.
De su mujer, la tía Matilde, persona algo inocente y que no levantaba ni polvo ni remolino, no guardo casi ningún recuerdo. Sin embargo, a mis primas y mi tío si los tengo muy presentes, ya que formaron parte de mi vida de entonces y también de la posterior, como tendré ocasión de referir más adelante.
Mi madre, Adelina además de ocuparse de los trabajos domésticos se dedicaba, junto a mi tía, al tejido de punto, fundamentalmente de medias y calcetines. Para ello usaban una gran máquina de tejer, a mano, que siempre he visto funcionar en mi casa y que la mayoría de las veces era utilizada por mi segunda madre, mi queridísima tía Carmen. Bueno, más bien, mi madre Carmen. En realidad, casi la única madre que he conocido y de la que ya contaré sus circunstancias.
Los recuerdos que tengo de estos primeros años son muy vagos, y están envueltos en una neblina que me impide evocarlos claramente. Pero uno de los que tengo más nítidos precisamente está relacionado con ésta actividad. En muchas ocasiones mi madre me enviaba a la cercana calle de Teatinos, paralela a la calle Gerona, donde en el tramo más próximo a Bailen, había una tienda que vendía hilos para tejer. Aun recuerdo lo que me encargaba: “Ves a la tenda dels fils i me’n portes tres madeixetes de fill negre, de tres caps”.
Otra de las cosas que veo como si fuera ahora, es una vez que salíamos del cercano Teatro Principal y mi padre me llevaba en brazos. Era invierno y yo iba muy bien arropado. Recuerdo perfectamente el camino hasta mi casa, visto a través del ropaje que me abrigaba, como si pasara ante mí la escena de una película.
El Teatro Principal siempre ha estado unido a nuestra vida familiar ya que, mi padre era asiduo a los espectáculos de variedades que solían visitar el coliseo alicantino, y que luego comentaba en casa a mi madre.
Era frecuente que, cuando había función, y mi padre asistía, permaneciéramos atentos a los ruidos que nos llegaban de los vehículos apostados frente al teatro, ya que el bullicio provocado por su puesta en marcha nos anunciaba la próxima llegada de nuestro padre y, con él, la cena que ya estaría preparada en la mesa.
Entre otras escenas que aparecen en mi memoria, muchas veces desdibujadas, recordándome hechos de mi niñez, está la de una noche de gran revuelo en casa, con movimientos ajetreados de mujeres vecinas, entrando y saliendo de la habitación de mis padres, carreras, cuchicheos, la visita de un médico, platos con alcohol encendido por el suelo, para calentar la habitación. Y, de pronto, sin saber cómo ni cuando, todo terminó.
Pasado algún tiempo, notaría la ausencia de mi madre. Había muerto aquella noche, en la que toda la agitación se debía al nacimiento de mi hermana Antonia Adelina, para todos Antoñita. Su alumbramiento provocó la muerte de mi madre, hecho que era muy habitual en aquellos tiempos.
Los primeros años de Antoñita transcurrieron fuera de casa, ya que fue preciso buscarle un “ama de leche”, que encontraron en Torremanzanas, en una finca cercana al pueblo. Me parece ahora, cuando mis padres (mi papá se casó con mi tía Carmen tras enviudar) nos llevaron una vez a verla. Desde los brazos de mi padre, aún me parece contemplar las piedras y las matas del camino que nos conducía a la vivienda en la que estaba mi hermana.
Para llegar al pueblo, desde Alicante, tomábamos “La Torreana” en la Posada La Balseta, situada en las proximidades de la Plaza Las Barcas, hoy de Gabriel Miró.
Como podréis comprender, desde la muerte de su hermana, mamá Carmen tomó el mando del hogar, el que dirigió de manera formidable, dándonos todo su amor en cuerpo y alma. No regateándonos nunca en toda su vida el mínimo gesto de cariño.
Quiero que, estas líneas, sean un canto de gratitud hacia ella, que se desvivió por nosotros anteponiendo nuestras necesidades a las suyas. Con su constante sacrificio, nos brindó una vida placentera, cuyas dificultades salvaba con su amor y con su entrega.
Ella hizo que nosotros, siendo hijos de un trabajador, viviéramos como ella lo había hecho en su infancia, rodeada de cariño y comprensión y procurando que nunca echáramos en falta nada de lo que en otros hogares tenían, por su mejor posición. Gracias a ella, vivimos nuestra niñez sin preocupaciones, satisfechos y contentos, como auténticos “niños ricos”.
Si, desde el “más allá” nos contempla, quiero hacerle llegar toda mi gratitud y pedirle perdón por las veces que pude darle algún disgusto. ¡¡Gracias, mamá!!, te recuerdo con amor.
Más adelante, cuando llegue la ocasión, hablaré de cómo vivíamos, lo que teníamos y de lo que carecíamos.

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