El trazado de la calle de Riego (dedicada al General que perdió su vida por la causa de la Libertad y que dio nombre al Himno oficial de la República) salvo, en su tramo final, el de la Muntanyeta, sigue prácticamente igual. Evidentemente su aspecto no es el mismo por los cambios de algunos edificios viejos por otros nuevos, siendo pocas las casas antiguas que permanecen en pie. Otra de las diferencias más claras es el cambio sufrido por la calzada ya que, la antigua, era de tierra y la nueva está asfaltada. Como es natural, el paso del tiempo ha hecho que la imagen general de la calle cambiase, igual que el resto de Alicante.
Uno de los cambios más significativos en estos aspectos es el sufrido por el alumbrado y por el servicio de agua puesto que, en mi niñez, pocas, o ninguna, eran las casas que tenían luz eléctrica o agua corriente.
El alumbrado público es uno de aquellos recuerdos que tengo fijados en mi memoria, tanto su producción como su distribución en Alicante, ya que conocí el que tenía como origen el gas ciudad.
Éste era producido por una sociedad privada, que tenía su domicilio y el de sus calderas, en los alrededores de la Estación de Murcia. En éste lugar, durante muchos años pudimos contemplar su gran gasómetro, depósito de gas que se extraía de carbón mineral (hulla). Desde este gasómetro se distribuía, por medio de tuberías, el gas a toda la ciudad.
Los restos de la hulla, convertida en carbón de coque, se vendían para su uso, como combustible en las casas que tenían cocina económica.
En algunas esquinas de las calles céntricas, había farolas de gas. Estas farolas, cuyos laterales eran de cristal, tenían en el fondo una llave que abría y cerraba el paso del gas, y a la que se podía acceder a través de un agujero circular. En el centro de la tulipa estaba la espita por la que salía el gas, rodeada por una redecilla de seda.
Todos los días, al anochecer, llegaba “El Farolero”, provisto de un largo tubo rematado por un elemento que llevaba encendida una leve llama. En la mitad, una pera de goma llegaba hasta lo alto del tubo. Al llegar al pie de cada farola, Introducía el tubo por el agujero de la base y, mediante un pequeño gancho situado en la parte alta de la pértiga, abría la llave y daba entrada al gas. A continuación, apretaba la pera de goma y éste llegaba hasta la llamita. El gas llenaba, a través de la redecilla, el interior de la tulipa y la llamita provocaba la combustión momentánea de todo el gas, que luego quedaba reducida al que seguía saliendo de la redecilla.
De acuerdo con Davis, el inventor de este sistema, solo se encendía el gas por la parte extrema de la redecilla y no se quemaba el que había en la tubería que suministraba el combustible (Este método de Davis era el mismo que se utilizaba en las minas de carbón, y con el que se evitaba el incendio de las bolsas de grisú que tantos siniestros habían provocado en ese sector)
El gas ciudad, al arder producía una luz brillante, muy bonita, que permanecía encendida hasta el amanecer, cuando nuevamente el farolero, introducía la pértiga y cerraba la llave de entrada, con lo que se apagaba la farola.
Después de algunos años las farolas dejaron de funcionar por gas, dando paso a la electricidad urbana.
Como dije antes, el gas ciudad se usaba también para uso domiciliario ya que la empresa que lo fabricaba también lo suministraba por toda la ciudad, y a través de tubos soterrados, llevaba el gas a los domicilios en los que se instalaba un contador de entrada y continuaba, hasta la cocina mediante tuberías de plomo.
Siempre me resultó muy curioso el funcionamiento de este suministro, ya que para que entrase el gas y llegara hasta la cocina, antes había que introducir en el contador algunas monedas, cosa que había que hacer cada vez que se tenía necesidad de combustible. Mensualmente, pasaba el revisor a comprobar el consumo del gas y verificar, al mismo tiempo, el dinero del contador. Como casi siempre se había pagado más dinero que el importe de lo consumido, el operario solía devolver la diferencia al usuario en ese momento.
Este tipo de instalaciones estuvieron en servicio en Alicante hasta la llegada de la Guerra Civil ya que, como consecuencia de los bombardeos sufridos en la ciudad, todas las instalaciones, gasómetros y conducciones, quedaron inservibles. D.E.P.
En la casa de mi tío Rafael, que luego fue nuestro domicilio al casarme, existía ese tipo de instalación de gas.

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