Otra efeméride que recuerdo es la que supuso el primer vuelo trasatlántico, en avión que efectuaron los pilotos Franco y Durán y el mecánico Rada, a bordo del hidroavión “Plus Ultra”, hecho acaecido 10 de febrero de 1926. Éste hidroavión, partiendo de las Islas Canarias, cruzó el Atlántico, hasta América del Sur, terminando el vuelo en Buenos Aires.
En esta celebración en el colegio tuvimos un acto extraordinario con su correspondiente lección. En mi clase, por lo menos nuestro maestro nos dio a cada alumno una moneda de cuproníquel, con valor de 0’25 Ptas., que el gobierno había acuñado con motivo de ese vuelo. Este detalle os puede dar una idea del interés con que nuestros maestros nos atendían.
Ya he nombrado al Director, y a dos de los maestros del colegio, pero además de ellos también quisiera nombrar a Don Ignacio, a Don Diego, a Don Javier y a otro apellidado Reig que fue trasladado al colegio que había en el Paseíto de Ramiro. Por cierto, que su hijo, Vicente Reig, durante la Guerra, conseguiría en Rusia el titulo de piloto, ejerciendo como tal en la contienda y muriendo en al campo de batalla. Vicente, fue un muy buen amigo, y estábamos en la misma clase.
No recuerdo si fue en el tercer o en el cuarto curso cuando el colegio hubo de cerrar sus puertas, por no reunir condiciones y, mientras se terminaba el nuevo edifico que la Dictadura de Primo de Rivera construía en el Paseo de Campoamor, tuvimos que acomodarnos en otros centros. A mí, me tocó ingresar en el Colegio Nacional de la Aneja a la Normal, en la calle Rafael Terol. Esta escuela servía a los estudiantes de Magisterio para realizar sus prácticas de enseñanza, lo que hacían en nuestras aulas.
Durante el tiempo que allí tuvimos que permanecer, por las tardes, después del horario escolar, asistíamos a las clases de Francés impartidas por Don Félix Monguillot, del Consulado Francés, que según decía estaba en posesión de una Distinción de Primera, de la Legión de Honor Francesa.
Me gustaron tanto esas clases que después de regresar a mi colegio, en sus nuevas instalaciones, aún volví a continuar el curso, y los posteriores.
Pero antes de abandonar definitivamente los recuerdos del colegio en sus viejas aulas de la calle Villegas, aun me acuerdo de una actividad a la que estábamos obligados a asistir todos los alumnos de las escuelas públicas.
El Día del Corpus (en aquellos tiempos, mi madre nos decía: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Día de la Ascensión”.), como es natural, era festivo pero, los alumnos estábamos advertidos y, por la tarde, debíamos acudir al colegio donde nos concentrábamos para trasladarnos, provistos de un cirio que nos proporcionaba el ayuntamiento, hasta la Iglesia de San Nicolás, para tomar parte en la procesión que desde allí salía.
Como yo, desde siempre, me he sentido muy responsable, esta actividad me la tomaba muy en serio. Por lo que pasaba muy malos ratos ante la falta de seriedad de mis compañeros, a los que reprendía. Así era, así he sido y así, creo que continuaré siendo ¡¡Qué le vamos a hacer!!.
Todo el trayecto de la procesión, estaba custodiado por militares de la guarnición. Y, conforme pasaba, los soldados se iban incorporando detrás de la misma. Finalizado el acto religioso, formados y al ritmo de la Banda de Música, de tambores y cornetas, desfilaban en dirección a su cuartel.
En esas tardes, cuando regresábamos a casa, con mis padres y mi hermano Antonio, siempre teníamos la costumbre de ir a la Heladería-Horchatería Carbonell, que estaba en el Pasaje Amérigo donde, sentados ante una de sus mesitas nos regalábamos con una copa de mantecado, con barquillos.
El pasaje discurría, desde la calle Mayor, hasta la de Altamira (antes, de la Princesa). Como casi un acto ritual, siempre repetíamos la misma liturgia, casi todos los años tomábamos lo mismo, cómodamente sentados ante la correspondiente mesa. Para nosotros, todo eso era ¡Un auténtico lujo!, que nos servía de comentario y recuerdo durante los días siguientes.

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